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Las Antífonas de la O, cantadas por l
Leídas en sentido inverso, las iniciales de estas antífonas componen una respuesta sorprendente de Dios a la espera del hombre: Ero Cras — “Mañana estaré”.
La siguiente reflexión es una meditación profunda sobre ese “mañana” de Dios, sobre el Expectatio Gentium —el Deseado de las naciones— y sobre el camino interior que culmina en la Navidad.
La reflexión que sigue es una transcripción traducida al español de una meditación predicada por Fra Mauro Botti, OFM, en la Porciúncula de Asís, durante un Septenario de Navidad. El texto se reproduce de manera íntegra y fiel.
🌀 Las Antífonas de la O: origen y significado
Estaré —te dice el Señor—. Te visitaré como cuando, en el seno de mi Madre, fui a visitar a Isabel.
¿La había llamado (a María)? ¿La esperaba? ¿Deseaba su llegada? ¿Había preparado la casa para acogerla? No lo sabemos: el Evangelio no nos lo dice.
Lo que importa al Evangelio es que María llega.
Como para ti, mañana.
Mañana como símbolo de cada hoy, de tu vida y de la mía.
El Señor viene a tu encuentro en todo tiempo, en cada hombre —lo hemos rezado en estas semanas—. María, la Iglesia, te lleva a Jesús allí donde estás —como estás—, personalmente, pero nunca aisladamente. Gratuitamente y — lo sabemos— inmerecidamente. En la Palabra, en los sacramentos, en los hermanos —especialmente en los más pobres y en los más molestos—, en las pruebas. Siempre, en todo caso, como una sorpresa.
También Isaías nos lo ha recordado, con una expresión del capítulo 29 que, literalmente, suena así:
“Seguiré maravillando a este pueblo - maravilla tras maravilla.”
¿Y cómo sucederá esto?
“Un niño nos ha nacido; un hijo nos ha sido dado”, nos dice siempre Isaías.
La antífona que dentro cantamos —y que concluye nuestras antífonas— es un triunfo de títulos con los que invocamos a Jesús, como para decir que el camino de preparación ha terminado. Ahora es solo tiempo del Expectatio Gentium, del Esperado de las naciones.
Somos un poco como un estudiante universitario que camina de un lado a otro por el pasillo y piensa en lo que ha estudiado, en lo que podría haber estudiado mejor, en lo que espera que no le pregunten…
O como un futbolista en el túnel, antes de entrar al campo. La preparación ha terminado —él lo sabe—, ya no puede hacer nada más. Pero en su corazón revive todos los entrenamientos, todos los esquemas aprendidos, los intercambios con sus compañeros, los sacrificios realizados… y también algunos remordimientos, por lo que podría haber hecho y no hizo.
Así también nosotros, ahora en la espera, somos invitados a caminar hacia atrás, a mirar el camino recorrido. Intentemos verlo en algunas figuras, para ver si nos ayudan:
💢 El camino comenzó con Juan en el desierto, que nos pedía preparar este encuentro.
Entonces, ¿qué montañas en tu vida han sido rebajadas?
¿Qué barrancos han sido rellenados?
¿Qué caminos torcidos han sido enderezados?
¿O el mapa geográfico de nuestro corazón sigue siendo el mismo que hace un mes?
¿También tú —como aquellos que iban a Juan— compartiste lo que tenías con quien lo necesitaba? ¿Te conformaste con lo que tenías o pretendiste siempre más?
💢 Un camino en el que también encontramos a María, la Inmaculada Concepción, la Estrella del Mar, que guía el camino de todo discípulo.
Como Ella, quizá también tú admiraste y cantaste las maravillas del Señor en tu vida.
Alabaste el brazo providente de Dios, su misericordia.
Pero, tal vez, ves también que, entre los soberbios dispersados en los pensamientos de su corazón, estás un poco tú.
Entre los poderosos sentados en el trono, entre los ricos que se quedan con las manos vacías, estás también tú.
💢 Un camino que estuvo marcado por la voz de Isaías, que a cada paso te decía:
“Mira tu vida y considera adónde te llevaron tus subterfugios, tus alianzas, tus estrategias; y pregúntate en qué te apoyas.”
Y que también nos recuerda:
“Aunque una madre se olvidara de su hijo, Yo no me olvidaré jamás de ti.”
💢 Y finalmente, en estos últimos días, estas antífonas nos han mostrado que deseamos e invocamos la sabiduría y la prudencia de Dios, y buscamos crecer en ellas. Cada uno de nosotros podría decirlo.
Pero cuántas veces también hemos recurrido a la sabiduría de este mundo para garantizarnos falsas seguridades, el control de todo y de todos, por miedo, o para defender lo que habíamos conquistado.
Hemos deseado, al cantarlo, su luz y su verdad, pero quizá una parte de nosotros ha preferido moverse en las tinieblas, para asegurarse un lugar a costa de alguien, o por miedo al juicio de los demás.
Hemos realizado gestos de justicia, hemos intentado obrar concretamente por la justicia.
Y cuando no lo logramos, la invocamos —como la otra noche—.
Pero quizá, al mismo tiempo, también fuimos de los que intentaron engañar al otro antes de que el otro nos engañe.
O quizá no hicimos lo que sabíamos que era justo, porque “total, hice lo que hacen todos”.
También nosotros hemos intentado ponernos bajo el señorío de Jesús; hemos cantado Dux et Rex (Duque/Líder y Rey) aprendiendo de Él que servir es reinar.
Pero quizá a veces fuimos nosotros los que dominamos a los demás y nos hicimos servir por ellos, porque así, tal vez, nos sentíamos alguien.
O nos hicimos vengadores de las injusticias sufridas... o simplemente nos volvimos un poco serviles, dejándonos pisotear para ser aceptados.
En definitiva, algo se hizo en nuestro camino, podría haberse hecho algo más.
Pero la pregunta es: al final, ¿para qué sirve el camino recorrido, si mañana el Señor vendrá?
Sirve, porque ese Ero Cras también puede ser una pregunta.
Una pregunta que tú, que yo, en el silencio trepidante de esta tarde y de mañana, estamos llamados a hacernos.
Ero Cras. Mañana Yo estaré.
El camino recorrido —nos dice el Deuteronomio— es siempre un camino cuyo objetivo es que sepas si has observadi mis palabras y qué hay en tu corazón.
Entonces, el camino nos ha traído aquí, a estos dos “estar”: el suyo y el tuyo.
Basta que falte uno de los dos, y el encuentro no sucede.
Para muchos, este encuentro no sucederá.
No porque sean malos, ni porque sean pecadores, ni porque no tengan fe, sino simplemente porque no estarán.
Mirarán a todas partes menos a sí mismos.
Que no nos suceda también a nosotros, hermanos, que en estas tardes hemos invocado la Llave de David.
Que no suceda que, pidiendo la llave, hayamos olvidado cuál es la puerta de nuestra vida que necesita ser abierta.
O cerrada.
Entonces, estas últimas horas al final del camino te son dadas para que puedas detenerte, contemplando con los ojos del corazón, con mayor claridad, tus deseos y tus miedos, tus bajezas y tus crecimientos, tus pecados y tus impulsos de amor.
Todas cosas que, si sabes detenerte un poco a contemplar, afloran de tu vida ordinaria.
Podemos decir que son como el heno, los leños, la comida, la tierra, la suciedad que, entrelazadas, forman un pesebre.
Un pesebre sobre el cual será colocado un niño, un hijo.
Gracias a Él reconocerás, a contraluz de cada uno de tus pecados, en el grito de cada uno de tus miedos, qué es lo que hay, el verdadero y perfecto deseo al que apunta todo deseo tuyo:
ser hijo amado incondicionalmente por un Padre providente que te ha creado sólo por amor y sólo para amar.
El camino del Adviento nos ha mostrado a ti, a mí, a todos nosotros, que el deseo profundo que te habita no viene de ti.
Y en ti mueve cada fibra de tu ser y cada gesto tuyo, pero no es harina de tu costal.
Como no lo era Juan en el seno de Isabel, que por sí misma —nos dice el Evangelio— era estéril.
Como tantos de tus intentos, como tantos alimentos que pusiste en ese pesebre esperando saciarte.
Volvamos entonces un instante al túnel, donde está el futbolista esperando entrar.
Él sabe bien que los entrenamientos, la preparación y los sacrificios de los meses anteriores son fundamentales, aunque sea consciente de que podría haber hecho más.
Pero también sabe que, si saldrá de ese túnel, no será porque se cree perfecto.
Entrará en el campo solo porque, en el fondo, en cada instante de esa preparación, saboreó el deseo de jugar y ganar ese partido por sí mismo, por sus compañeros, por la camiseta, por los hinchas.
Así también tú, solo contemplando ese pesebre —que eres tú —, puedes ver aflorar el deseo profundo de ser hijo amado.
Y al mismo tiempo te asombrarás al ver surgir en ti la certeza de que ese deseo no puedes cumplirlo solo.
Solo acogiendo —como cantábamos ayer— al Desideratus Gentium, el Deseado de las naciones.
Solo el nacimiento en la carne de Jesús, el Hijo bendito, puede permitir que cada rincón de tu carne pueda sentirse hijo. En un camino que durará toda la vida y nunca estará terminado.
En el encuentro con Él, tu deseo podrá saltar de alegría, como hemos escuchado en el Evangelio, y liberarse de la infertilidad de tus continuos intentos.
Así le sucedió a Francisco.
A san Francisco, que en el encuentro con la carne de Cristo entre los leprosos comprendió que, en el fondo, su sueño de convertirse en caballero no era más que el torpe intento de responder a un deseo más profundo: sentirse amado y acogido.
Mañana, entonces, busca un instante para ponerte delante de ese pesebre vacío, del pesebre en tu casa.
Y que también para ti pueda suceder que el Hijo de Dios hecho carne venga a la luz sobre ese pesebre, sobre el pesebre de tu vida, para que también otros, a través de ti, un día puedan decir: yo estaré.
Feliz Navidad, hermanos.
El “mañana” de Dios no es solo una promesa: es una pregunta dirigida al corazón. Ero Cras significa que Él estará. Pero el encuentro solo sucede si también nosotros estamos.
Para quienes vivimos la espiritualidad de la Legión de María, esta espera no es pasiva ni intimista: es misión, visita, presencia. Como María, estamos llamados a llevar a Cristo allí donde somos enviados, para que otros también puedan decir, a través de nosotros: “yo estaré”.
🌀 Las Antífonas de la O: origen y significado
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