Legión de María Argentina - ¡¡Súmate a trabajar para la Virgen!!
¿Alguna vez has sentido que, a pesar de tus esfuerzos en el apostolado, falta una "fuerza interior" que transforme los corazones? La respuesta podría estar en la cuarta virtud del Decálogo Legionario: la Absoluta Mortificación.
En un mundo que rinde culto a la comodidad y al "yo", hablar de mortificación suena a lenguaje de otros siglos. Sin embargo, para un legionario de María, esta virtud no es un ejercicio de tristeza, sino un acto de amor absoluto. Es el proceso de "vaciarse de sí mismo" para que Cristo pueda reinar.
Doctrinalmente, la mortificación (del latín mors, muerte) no busca destruir el cuerpo, sino "hacer morir" las tendencias desordenadas que nos dejó el pecado original. Es el remedio a nuestra naturaleza herida. Sin esta "muerte mística" al ego, incluso las devociones más santas corren el riesgo de mancharse con el amor propio. Según la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort, es el medio indispensable para adquirir la Sabiduría Divina.
La Kénosis de Cristo: Jesús es nuestro modelo. Él vivió en hambre, frío y cansancio, no por necesidad, sino por elección, para enseñarnos el desapego.
La Vía Purgativa: Es la etapa inicial necesaria para limpiar la "vasija" del alma antes de ser llenada por Jesucristo.
Oposición Espíritu vs. Mundo: Según San Luis María de Montfort, la Sabiduría Divina no habita en cuerpos que buscan solo el placer sensible.
La naturaleza corrompida: Nuestra voluntad suele estar inclinada al egoísmo. La mortificación es la "poda" necesaria para que la savia de la gracia fluya hacia los frutos y no se pierda en hojas inútiles.
María es la criatura más pura, pero también la más mortificada. Su mortificación no fue estrepitosa, sino universal y constante.
En la Sagrada Escritura: Vemos su mortificación en el silencio (guardaba todo en su corazón), en la pobreza del pesebre y, sobre todo, en el Calvario. Allí, Ella vivió una "crucifixión mística", uniendo su dolor al de su Hijo para la redención del mundo.
Sin resistencia al Espíritu: Al no tener voluntad propia (su voluntad era la de Dios), el Espíritu Santo pudo moldearla perfectamente. El legionario busca imitar esta docilidad mediante la abnegación diaria.
El Manual de la Legión de María nos recuerda que nuestra religión debe ser "viril", no blanda ni sentimental. Un legionario que no se mortifica es como un soldado que huye del entrenamiento.
Frank Duff enseñaba que la mortificación es el hontanar de la eficacia. La gracia fluye mejor a través de instrumentos que han renunciado a su propio "yo". Esto se vive especialmente en:
Fidelidad al sistema: Asistir a la junta puntualmente y realizar el trabajo asignado (aunque sea difícil o aburrido).
El "Porte" legionario: La modestia en el vestir y la sencillez en el hablar, evitando la ostentación.
Un apóstol que no se mortifica edifica sobre arena. El Manual enseña que el sufrimiento aceptado con amor se convierte en un poder espiritual que otorga conversiones donde las palabras fallan.
Nuestros hermanos mayores nos enseñan que la ascesis es viril y alegre.
Edel vivió una mortificación heroica a través de la tuberculosis. En el sanatorio, rechazaba comodidades como mantas extras para ofrecer ese pequeño sacrificio por las misiones en África. Su secreto era no quejarse nunca y mantener siempre una sonrisa, demostrando que la ascesis no es tristeza.
Alfie Lambe personificó la abnegación constante. Podía viajar cómodamente, pero elegía autobuses de tercera clase y jornadas extenuantes, durmiendo apenas 15 horas por semana para ganar almas. Para él, un fracaso en el apostolado era una oportunidad de humillación aceptada con alegría.
Para vivir esta virtud hoy, el legionario debe ejercitarse en tres niveles:
La mirada y el oído: Evitar la curiosidad vana en redes sociales o noticias que sólo perturban la paz.
El gusto: No comer solo por placer. Privarse de algo pequeño (un postre, una bebida fría) sin que nadie lo note.
El deber ordinario: Como decía San Juan Henry Newman, la perfección es levantarse apenas suena la alarma y no quedarse en la cama por pereza.
Aceptación de la contradicción: Recibir con alegría el mal clima, un dolor de cabeza o un plan que se arruina.
El trato con el prójimo: Ser especialmente cortés con esa persona que nos resulta "insoportable". Esta es la mortificación más auténtica según Santa Teresita.
Silencio interior: Renunciar al deseo de ser notado, alabado o de tener siempre la última palabra en una discusión.
El "Agere Contra": Si el mal humor te pide callar con enojo, responde con una sonrisa (actuar en contra de la pasión).
Vencer el respeto humano: Realizar trabajos humillantes o difíciles viendo el rostro de Cristo en el necesitado.
Fidelidad al sistema: No quedarse en la cama tras sonar la alarma y ser puntual en la junta de Praesidium.
Una de las formas más agudas de mortificación para el legionario moderno no es el ayuno, sino vencer el miedo al qué dirán. El respeto humano es una sutil forma de soberbia: preferir la aprobación de los hombres antes que la sonrisa de Dios. Cuando el legionario sale a hacer apostolado (especialmente en lugares difíciles o ante personas indiferentes), se expone al ridículo.
La renuncia: Mortificamos el deseo de ser vistos como personas "cool", intelectuales o simplemente "normales" ante los ojos del mundo.
El ejemplo de María: Ella aceptó el "qué dirán", el estigma y el juicio social, desde el momento de la Anunciación y, de manera suprema, al pie de la Cruz, siendo señalada como la madre de un condenado.
El Manual de la Legión nos invita a ir precisamente allí donde la naturaleza se rebela.
Vencer la repugnancia: Mortificamos el juicio que nos dice: "¿Qué van a pensar si me ven hablando con esta persona en la calle?" o "Me da vergüenza sacar el Rosario aquí".
Alfonso Lambe: Él era un maestro en esto. Entraba en los ambientes más sórdidos (prostíbulos, bares, cárceles) con una naturalidad pasmosa. Su mortificación consistía en olvidarse de su propia dignidad social para centrarse únicamente en la dignidad del alma que tenía enfrente.
A veces, el respeto humano nos hace callar para no "quedar mal" o no generar tensión.
El sacrificio: Superar el respeto humano implica la mortificación de no buscar el éxito inmediato o la simpatía del otro, sino su salvación.
La recompensa: Frank Duff decía que cuando un legionario vence el miedo al ridículo, recibe una "gracia de estado" especial. Al romper la barrera del respeto humano, la mortificación se convierte en libertad espiritual.
Superar el respeto humano es como quitarse una máscara pesada y elegante. Al principio, el rostro se siente desprotegido y expuesto (mortificación), pero solo al quitársela uno puede respirar el aire puro de la verdad y mirar a los demás a los ojos, como lo hacía María.
La mortificación absoluta no es un fin, sino un medio. Es el "prensado de la uva" para que salga el vino de la caridad. Si te entregas a María como su esclavo de amor, Ella misma te ayudará a encontrar el equilibrio: una ascesis viril sazonada con buen humor y alegría profunda.
"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Juan 12, 24).
🌷 Próximamente profundizaremos en la 6ta virtud: la Inmaculada Pureza
Sagrada Escritura: Jn 12, 24; Gál 2, 20; Col 1,24; Flp 2,6–11
Catecismo de la Iglesia Católica: Puntos sobre la ascesis y la vida de gracia.
Manual Oficial de la Legión de María, cap. 3; cap. 4, 3; cap. 9, 3; cap. 33, 13.
San Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría eterna, El Secreto de María. Preparación para la consagración total según San Luis María de Montfort
Scupoli Lorenzo, El Combate Espiritual
Alfonso Lambe, en Orlando Luna, El Corderito (disponible sólo en papel)
Suenens, José León, Edel Quinn (disponible en papel)
Suenens, José León, Teología del Apostolado (disponible en papel)
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