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Cuaresma: la gula según Santo Tomás

 El pecado de la gula

La gula: cuando el placer gobierna al alma

Este artículo forma parte de nuestra serie sobre los pecados capitales según Santo Tomás

Entre los pecados capitales, la gula suele parecer uno de los menos dramáticos. A diferencia de la soberbia o la lujuria, raramente provoca escándalo público o ruinas visibles. Muchas veces incluso se la trivializa con bromas o condescendencia.

Sin embargo, Santo Tomás de Aquino explica que la gula toca algo muy profundo en la estructura espiritual del hombre: la relación entre el alma y el cuerpo.

Porque comer no es un pecado.
Es una necesidad.
Es incluso un bien querido por Dios.

Pero cuando el placer comienza a gobernar la conducta, lo que era un bien natural se transforma en un principio de desorden interior.

Y allí aparece la gula.

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El análisis de Santo Tomás: el desorden del apetito

Santo Tomás analiza la gula dentro del tratado de la templanza en la Summa Theologiae. Allí explica que el problema no es el alimento, sino el modo desordenado de buscar el placer que lo acompaña.

El cuerpo necesita alimento para vivir.
Pero el hombre no está hecho para vivir al servicio del placer de comer.

Cuando el apetito sensible comienza a dominar a la razón, el orden natural se invierte. El cuerpo deja de ser servidor del alma y comienza a comportarse como su amo.

Santo Tomás identifica diversas maneras en que este desorden puede aparecer:

  • buscar alimentos con ansiedad o avidez

  • exigir refinamientos excesivos

  • comer más de lo necesario

  • comer antes del momento adecuado

  • o comer con una obsesión interior por el placer

No se trata simplemente de cantidad.
El núcleo del problema es la esclavitud del apetito.

La gula, en definitiva, es la incapacidad de decir “basta” al placer corporal.

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Un vicio aparentemente pequeño… con grandes consecuencias

La tradición espiritual insiste en algo que puede sorprender: la gula rara vez se queda sola.

Cuando el hombre se acostumbra a obedecer ciegamente al apetito corporal, su voluntad se debilita. Y una voluntad debilitada cede más fácilmente ante otras pasiones.

Por eso muchos autores espirituales observan que la gula suele abrir la puerta a otros pecados.

Santo Tomás menciona que de ella pueden nacer:

  • la torpeza espiritual

  • la falta de vigilancia interior

  • la disipación

  • la charla inútil

  • la pérdida del pudor

  • y el debilitamiento de la vida de oración

No es casual que tantos maestros espirituales recomienden comenzar el combate interior por el dominio de los sentidos más básicos.

Quien no gobierna su apetito en lo pequeño, difícilmente lo hará en lo grande.


La cultura moderna del exceso

El análisis de Santo Tomás parece aún más actual en el mundo contemporáneo.

Vivimos en una civilización que ha transformado el placer en un derecho absoluto. La industria alimentaria, el entretenimiento, la publicidad y las redes sociales giran constantemente alrededor de la gratificación inmediata.

No se trata sólo de comida.

Es la lógica del consumo sin límite:
comer sin hambre, comprar sin necesidad, entretenerse sin descanso.

En ese contexto, la gula deja de ser simplemente un problema de alimentación. Se convierte en una mentalidad.

Una mentalidad que acostumbra al hombre a vivir dominado por los impulsos.

Y cuando el alma se acostumbra a obedecer siempre al placer, pierde lentamente la capacidad de sacrificio.


La Cuaresma: volver a poner orden

Por eso la Iglesia coloca el ayuno en el centro de la Cuaresma.

No porque Dios necesite nuestro sacrificio.
Sino porque el alma necesita recuperar el dominio de sí misma.

El ayuno cristiano no es una dieta.
Es una escuela de libertad.

Cuando el hombre aprende a privarse voluntariamente de algo bueno, descubre que su voluntad puede gobernar al deseo.

Santo Tomás explica que la templanza no consiste en eliminar los placeres legítimos, sino en ordenarlos según la razón y el amor de Dios.

La comida vuelve entonces a ocupar su lugar natural:
un medio para vivir, no un centro de la existencia.


La espiritualidad legionaria y el espíritu de sacrificio

El Manual de la Legión de María insiste muchas veces en la importancia de la mortificación cotidiana.

No se trata de prácticas extraordinarias.
La Legión propone algo mucho más concreto: la fidelidad heroica a los pequeños sacrificios de cada día.

Esta disciplina interior fortalece al apóstol.

Porque quien quiere llevar almas a Dios debe poseer un corazón libre. Y un corazón esclavo del placer difícilmente podrá hablar de cruz, de sacrificio o de santidad.

En la historia de la Legión encontramos ejemplos luminosos.

Alfonso Lambe llevaba una vida austera incluso en medio de viajes agotadores y apostolados intensos. Su alegría no nacía de las comodidades, sino del amor a Cristo y a las almas.

También Edel Quinn, enferma y debilitada físicamente durante su misión en África, vivía con una sobriedad radical que impresionaba a quienes la conocían.

Para ellos, el sacrificio no era tristeza.
Era libertad.


El verdadero remedio: la virtud de la templanza

El combate contra la gula no consiste en odiar el cuerpo ni en despreciar los bienes de la creación.

El remedio cristiano siempre es una virtud positiva.

En este caso, la virtud es la templanza.

La templanza permite disfrutar los bienes legítimos sin quedar esclavizados por ellos. Enseña a usar el mundo sin convertirlo en un ídolo.

Es la virtud de quienes saben decir: esto es bueno… pero no es mi dios.


María, modelo de equilibrio perfecto

La tradición cristiana contempla en la Virgen María el ejemplo perfecto de armonía entre alma y cuerpo.

Nada en Ella está dominado por la pasión.
Nada está fuera de lugar.

La gracia no destruye la naturaleza humana: la ordena y la eleva.

Por eso la espiritualidad mariana enseña que acercarse a María es aprender a vivir con una libertad interior profunda.

Donde el mundo enseña exceso,
Ella enseña sencillez.

Donde el mundo promete placer inmediato,
Ella conduce hacia la verdadera alegría.


El combate interior que comienza

La gula parece pequeña.
Pero a menudo es la primera trinchera del combate espiritual.

Quien aprende a dominar el apetito más básico comienza a descubrir algo decisivo: el hombre no está condenado a obedecer sus impulsos.

Puede gobernarlos.

Y esa libertad es el primer paso para la santidad.

En el próximo artículo de esta serie entraremos en otro de los pecados capitales que con mayor facilidad perturba la vida interior: la ira, esa pasión que, cuando pierde el gobierno de la razón, puede incendiar el corazón y destruir la paz del alma. Veremos cómo la tradición cristiana enseña a reconocerla y a aprender a dominarla.

Porque el combate cuaresmal no consiste sólo en evitar pecados visibles.

Consiste en reordenar el amor.


📚 Bibliografía


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